El Niño podría marcar el fin de 20 años de sequías en la Argentina: ¿empieza una nueva era de lluvias?

El Niño podría marcar el fin de 20 años de sequías en la Argentina: ¿empieza una nueva era de lluvias?

El fenómeno podría iniciar un nuevo ciclo húmedo, como ocurrió en los períodos de 1982-1983 y 1997-1998. Por qué las precipitaciones frecuentes, las crecidas de los ríos y la acumulación de agua podrían convertirse en los principales problemas de los próximos meses.

Durante los últimos 20 años, buena parte de la Argentina atravesó períodos marcados por la falta de lluvias. Las sequías afectaron los campos, redujeron el caudal de los ríos y dejaron consecuencias en distintas actividades productivas. Sin embargo, ese comportamiento podría estar llegando a su fin. Y la explicación se encuentra a miles de kilómetros, en las aguas del océano Pacífico.

El fenómeno de El Niño vuelve a ocupar un lugar central en las proyecciones meteorológicas para los próximos meses. Su influencia podría extenderse durante la primavera, el verano y hasta comienzos del otoño de 2027, con un aumento de las precipitaciones en distintas regiones del país.

Pero detrás de este episodio aparece una pregunta mucho más importante: ¿estamos frente a un fenómeno aislado o ante el comienzo de un nuevo ciclo de lluvias que podría extenderse durante varios años?

La respuesta todavía no es definitiva. Sin embargo, los antecedentes históricos permiten plantear esa posibilidad. En la segunda mitad de la década de 1970 comenzó una etapa más húmeda en el centro y norte de la Argentina, durante la cual se registraron dos episodios especialmente intensos de El Niño: los de 1982-1983 y 1997-1998.

Ahora, la hipótesis es que el país podría estar acercándose a una transición similar. Y, de confirmarse, sus consecuencias irían mucho más allá de una temporada particularmente lluviosa.

Qué es El Niño y por qué podría comenzar un nuevo ciclo húmedo

El Niño es un fenómeno climático natural que se produce cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial registran temperaturas superiores a las habituales. Su contraparte, La Niña, aparece cuando esas aguas se enfrían por debajo de los valores normales.

Ambos forman parte de un sistema conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que modifica la circulación atmosférica y tiene consecuencias sobre las precipitaciones y las temperaturas en distintas regiones del planeta.

Estos episodios se presentan de manera irregular, generalmente cada dos a siete años. Sin embargo, al analizar registros históricos más extensos, también se observan períodos durante los cuales parecen favorecerse las condiciones asociadas a uno u otro fenómeno.

Cataratas del Iguazú: Las abundantes precipitaciones en la región provocaron un importante aumento del caudal del río Iguazú. (Video: TN)

Una de las hipótesis meteorológicas plantea la existencia de ciclos de aproximadamente 15, 20 o 25 años, aunque su duración y regularidad todavía no están completamente establecidas.

El problema es que los registros históricos disponibles no permiten identificar una cantidad suficiente de ciclos largos como para sacar conclusiones definitivas. Si un período dura 25 años, una serie de 100 años ofrece apenas cuatro intervalos de esa extensión.

Aun con esa limitación, hay cambios en el comportamiento de las precipitaciones argentinas que merecen atención.

Hacia 1975 y 1976 se observó un incremento importante de las lluvias en el centro y norte del país. Ese cambio coincidió con el comienzo de una etapa más húmeda, en la que se produjeron los intensos episodios de El Niño de 1982-1983 y 1997-1998.

El período habría continuado hasta aproximadamente 2004 o 2005. A partir de entonces, comenzaron a registrarse condiciones más secas en distintas regiones, con una mayor influencia de episodios de La Niña y sequías significativas.

Esto no significa que durante esas dos décadas haya dejado de llover ni que no se hayan producido inundaciones. Eventos extremos y localizados, como los registrados en La Plata o Bahía Blanca, responden a mecanismos meteorológicos que no dependen exclusivamente de El Niño o La Niña. Lo que cambia al observar períodos prolongados es el comportamiento general de las precipitaciones.

La gran incógnita es si el episodio actual podría señalar el final de esa etapa predominantemente seca y el comienzo de otra más húmeda. Por ahora, se trata de una hipótesis que deberá contrastarse con los registros de los próximos años.

El Superniño no implica fenómenos nunca antes vistos

Cuando se habla de un Superniño, es fácil imaginar tormentas extraordinarias, lluvias de una intensidad desconocida o fenómenos meteorológicos que nunca ocurrieron. Sin embargo, esa interpretación puede llevar a conclusiones equivocadas.

La intensidad de El Niño se relaciona con las anomalías de temperatura del océano Pacífico y con la respuesta de la atmósfera. No significa automáticamente que cada tormenta que se produzca sobre la Argentina vaya a ser más violenta que las anteriores.

La diferencia más importante puede estar en la frecuencia de las lluvias.

En condiciones habituales, una región puede recibir dos sistemas importantes de mal tiempo durante un mes. Bajo la influencia de El Niño, ese número podría aumentar considerablemente.

Por ejemplo, en lugar de dos episodios de lluvias generalizadas, podrían registrarse cuatro o cinco. Es una comparación ilustrativa, no un pronóstico de cantidades exactas, pero permite entender el mecanismo.

Las tormentas seguirán siendo las que conocemos: con actividad eléctrica, ráfagas de viento, posible caída de granizo y, bajo determinadas condiciones, fenómenos severos. Lo que puede cambiar es la cantidad de veces que se presenten. Y ahí aparece el verdadero problema.

Concordia, Entre Ríos: Las intensas lluvias y la crecida del río Uruguay provocaron inundaciones en distintos sectores de la ciudad. (Video: TN)

Cuando las lluvias se repiten con pocos días de diferencia, el suelo dispone de menos tiempo para absorber el agua y recuperar su capacidad de almacenamiento. Los campos comienzan a saturarse, las lagunas aumentan su superficie y los ríos reciben nuevos aportes antes de que hayan descendido sus niveles.

Una lluvia que por sí sola no provocaría mayores inconvenientes puede tener consecuencias diferentes si ocurre sobre un terreno que ya está completamente húmedo.

No hace falta que cada tormenta sea extraordinaria para que el acumulado de precipitaciones termine siendo excepcional.

Esa es una de las principales características que habrá que seguir durante los próximos meses: no solamente cuántos milímetros caen en una jornada, sino cuánto llueve a lo largo de varias semanas y con qué frecuencia se repiten los episodios.

Cómo afectaría El Niño a la Argentina y a los países vecinos

El calentamiento del Pacífico ecuatorial modifica la circulación atmosférica a escala planetaria. Por eso, sus efectos son diferentes según la región: mientras algunas zonas reciben más lluvias, otras pueden atravesar condiciones más secas.

En Sudamérica, una de las áreas donde El Niño suele favorecer el aumento de las precipitaciones comprende el Litoral argentino, Uruguay, el este de Paraguay y el sur de Brasil.

Allí existe una mayor probabilidad de registrar episodios de lluvias frecuentes, acumulados importantes y crecidas de los cursos de agua.

En cambio, la ciudad y la provincia de Buenos Aires, junto con Córdoba, se encuentran en una zona de influencia más variable. Pueden atravesar períodos de precipitaciones abundantes y otros de tiempo más estable, según cómo evolucionen los sistemas atmosféricos. Esa variabilidad también resulta importante para anticipar el comportamiento del verano.

En el sur de Brasil, especialmente en los destinos ubicados desde Río de Janeiro hacia el sur, la influencia del fenómeno podría favorecer una mayor frecuencia de jornadas lluviosas y reducir la continuidad de los períodos soleados.

Represa de Yacyretá: El aumento del caudal del río Paraná obligó a monitorear la crecida y evaluar nuevas descargas de agua. (Video: TN).

Para la Costa Atlántica bonaerense, el panorama es menos definido. Podrían alternarse jornadas de buen tiempo con períodos de inestabilidad, sin que eso implique necesariamente un verano completo bajo la lluvia.

La Patagonia, por su parte, aparece relativamente alejada del principal núcleo de influencia húmeda de El Niño en el sur de Sudamérica. Por eso, podría presentar condiciones comparativamente más secas y cálidas, aunque esto no garantiza buen tiempo permanente.

En todos los casos, se trata de tendencias estacionales, no de pronósticos para fechas específicas. La evolución de cada región dependerá también de otros factores meteorológicos.

Por qué el otoño de 2027 podría ser el momento más complicado

Uno de los aspectos más importantes de este fenómeno es que sus consecuencias pueden agravarse con el paso de los meses.

El mayor riesgo no coincide necesariamente con el momento de máximo calentamiento del Pacífico. En las regiones expuestas a precipitaciones frecuentes, los problemas pueden intensificarse después de una larga sucesión de episodios lluviosos.

El mecanismo es relativamente sencillo: primero llueve y el agua se infiltra en el suelo. Luego llegan nuevas precipitaciones, cuando ese terreno todavía conserva buena parte de la humedad anterior. Con el tiempo, aumenta la escorrentía superficial y una mayor cantidad de agua termina llegando a arroyos y ríos.

Si los cursos de agua ya se encuentran elevados, cada nuevo episodio puede favorecer otra crecida.

Así, las inundaciones no dependen únicamente de una tormenta excepcional. También pueden ser el resultado de semanas o meses de lluvias acumuladas.

El Niño podría extender las lluvias hasta el otoño de 2027 y elevar el riesgo de inundaciones. (Foto: David Fernandez/EFE/Archivo)
El Niño podría extender las lluvias hasta el otoño de 2027 y elevar el riesgo de inundaciones. (Foto: David Fernandez/EFE/Archivo)

En los grandes episodios de El Niño de 1982-1983 y 1997-1998, algunas de las consecuencias más importantes sobre la región se observaron durante las etapas finales de esos períodos, particularmente en 1983 y 1998.

Por eso, si durante los próximos meses se mantiene un patrón de precipitaciones frecuentes, el final del verano y el comienzo del otoño de 2027 podrían convertirse en una etapa especialmente delicada para las zonas más expuestas.

La evolución dependerá de cuánto llueva, dónde se concentren las precipitaciones y cuáles sean las condiciones previas de los suelos y las cuencas.

El interrogante de fondo, sin embargo, va más allá de una temporada. Si este episodio termina marcando el comienzo de un nuevo período húmedo, la Argentina podría enfrentar un escenario diferente al que predominó durante buena parte de las últimas dos décadas.

Todavía es temprano para afirmarlo. Pero los antecedentes muestran por qué vale la pena observar el fenómeno no solamente a través de las tormentas de cada semana, sino también de los cambios que podrían producirse a lo largo de los próximos años.

Fuente: TN