Las veteranas de la guerra

La Prensa dialogó con Silvia Barrera, una de las seis instrumentadoras quirúrgicas que estuvieron en las islas. Trabajó en el Irízar, donde a pesar de no ser bien recibida ayudó a los soldados. Es la mujer más condecorada del conflicto.

Silvia Barrera espera a La Prensa en su despacho del Hospital Militar Central. Es el Día de la Escarapela, y como jefa de ceremonial está pendiente de los actos patrios, ya que en minutos los granaderos comenzarán a regalar a los transeúntes la insignia creada por Manuel Belgrano.

El respeto hacia ella se nota al ingresar: es la veterana más condecorada de la guerra de Malvinas, pese a que mucha gente «desconoce aún que hubo mujeres en el conflicto».

Junto a sus compañeras María Angélica Sendes, Susana Maza, María Marta Lemme, Norma Navarro y Cecilia Richieri, recién en los últimos años comenzaron a ser distinguidas en municipios y provincias por su valor en el conflicto bélico de 1982, una deuda tardía para el género.

«Cuando yo entré no había chicas en el Ejército. En la Armada estaban en la escuela, entonces como eran alumnas no las podían movilizar a ningún lado. Y en la aeronáutica estaban convocando a las que querían ser militares, o sea, tres regímenes distintos. Las primeras mujeres que entraron fueron en agosto del 82, que eran médicas y abogadas», recuerda la bonaerense de 62 años.

– O sea, después de Malvinas…

-Claro. Cuando nosotras nos ofrecimos como voluntarias éramos civiles e instrumentadoras quirúrgicas, no enfermeras. Seis en total. Y se pidió instrumentadoras porque cada cirugía consta de la enfermera circulante, el cirujano, la anestesista, la ayudante y la instrumentadora. Si mandás a médicos y no a un ayudante o instrumentadora, tenés que distraer a un médico para que haga ese trabajo.

-¿Cómo se enteró de que iría a la guerra?

-Cuando estábamos en el hospital vino el mensaje militar de Puerto Argentino pidiendo 10 instrumentadoras. Eso fue el 7 de junio, ya estaban combatiendo, por eso nosotras ya sabíamos adónde íbamos a ir. Quedamos cinco, las más osadas. Entonces también se pidió en el Hospital Militar de Campo de Mayo y ahí se ofreció una sola. Con ella completamos las seis.

-¿Con qué se encontró cuando llegó?

-Primero, el viaje, que fue muy largo. Tuvimos inconvenientes para llegar y no habían avisado que íbamos. Además, fuimos con ropa de verano, nos tuvieron que dar ropa de invierno porque no teníamos casi nada. Por último, los hombres, que dudaban de nosotras porque éramos las primeras mujeres que veían vestidas con uniforme verde. Cuando llegamos al Irízar, en el mensaje pusieron que enviarían personal de sanidad, no que eran mujeres. Ahí tuvimos que luchar contra la gente del buque. La mitad nos ignoraba y la otra mitad nos trataba agresivamente.

-¿Esa agresividad no tenía que ver con el conflicto en sí, por la adrenalina y la tensión con que se combatía?

-No, era un conflicto de género. Hay que comprender que era 1982 y ser las primeras mujeres. Visto con los ojos de ahora uno dice, ¿cómo puede ser?

-¿Cuáles fueron sus tareas?

-Cuando llegan los heridos haces un poco de todo: camillera, enfermera, instrumentadora, porque una vez que se limaron las asperezas de nuestra llegada empezamos a trabajar con los médicos de la Armada, que eran los que iban a ir al hospital de Puerto Argentino. Cuando se decidió que nosotras nos quedemos en el Irízar, ellos también.

-Si bien usted trabajaba en el Hospital Militar de Buenos Aires, ¿cómo fue atender heridos en una guerra?

-Técnicamente es lo mismo, este es un hospital de alta complejidad con emergencias de todo tipo. Ya habíamos visto heridos de bombas, de accidentes, sobre todo por lo que pasaba en aquellos años… Pero el tema es el contexto: la agresividad del entorno, los bombardeos, el barco que se movía, estar con gente desconocida porque las tres Fuerzas trabajan distinto, así que también tuvimos que acomodarnos a como lo hacía la Armada.

-Durante estos 39 años los veteranos pasaron por muchos estados: desde los casos de depresión y suicidio hasta los reconocimientos de la sociedad

. ¿Cómo lo ha sobrellevado su grupo?

-Cada uno, tanto mujeres como hombres, procesó lo que vivió de distinta forma. Hay algunos que fueron resilientes y otros que tuvieron que hacer tratamientos psicológicos para superarlo. Por otro lado, están quienes no hicimos ningún tratamiento y dependió mucho de nuestro carácter. Nosotras somos un espejo de eso: está la depresiva, la que siempre quiere hablar, otra que prefiere no hacerlo, y casi todas tuvimos algún tipo de enfermedad tipo cáncer, algunas con obesidad, hipertensas o diabetes.

-¿Hay un factor desencadenante?

-Es que el estrés postraumático trae con los años enfermedades que son concomitantes, entonces muchos veteranos mueren de ACV, infartos o caen en depresión. Todos tenemos algún TOC.

-¿Cree que faltó comunicación de las Fuerzas para visibilizar que había mujeres en el conflicto?

-Sí, creo que sí. Igual es un conjunto de cosas, porque hubo años en los que ningún veterano quiso hablar. No ayudaron en la difusión de quién es quién: todavía hay gente que no sabe que hubo mujeres o quiénes fueron los más condecorados. Todo eso fue parte de la culpa de las Fuerzas Armadas. No obstante, y no te ofendas (risas), pero tampoco los periodistas se interesaron mucho. El periodismo quiere sangre y cada uno vivió una guerra distinta. Una cosa es el soldado que fue obligado a ir, otra el militar de carrera para el que el conflicto era la oportunidad de su vida, y otra nosotras que como voluntarias elegimos ir.

-Cuando se ofreció, ¿por qué lo hizo?

-De las seis que somos, cuatro venimos de familia militar. Y cuando vos te crías en ese ámbito ya venís con un amor por la patria que es muy fuerte. Además, como trabajábamos en la sanidad militar sabíamos que no había instrumentadores quirúrgicos, por lo cual te das cuenta que podes ayudar a tus compañeros, vivir una aventura y obtener una experiencia que nadie va a tener.

-Señaló que cuando llegaron ya estaba finalizando la guerra. ¿Sabían cómo se estaba desarrollando?

-Creíamos que estaba parejo. Cuando llegamos y cuatro días después se firma el cese del fuego fue un shock en el barco. Nos avisa el comandante por altoparlante y se produjo un silencio. Nos dijimos, ¿cómo? Cuando ellos llegaron el 2 de abril (NdR: por las tropas argentinas), lo hicieron sin personal de sanidad. Recién el día 5 decidieron enviar. Si hubiese habido combate en esos tres días no había atención médica en Malvinas.

– ¿Siente orgullo por lo vivido?

-Cuando estás en una guerra tal vez no te das cuenta de lo que estás haciendo, pero me hizo sentir mejor el trabajar post-Malvinas con el agradecimiento de los soldados que fueron mis pacientes, ayudándolos en el Hospital Militar, o cuando saludamos a nuestros enfermeros desde el techo del mismo. Creo que he contribuido más en eso que por el momento que me tocó vivir. Fue importante hacer patria ayudando a nuestros soldados.

Fuente: La Prensa

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