Boca volvió a perder con Mineiro

Con una formación emparchada, con los problemas de siempre, jugó mal y cayó frente a Corinthians. Aquella noche de locura de 2021 compromete su clasificación en esta Copa.

La chapa dice otra cosa. Todos informan que Boca perdió contra Corinthians. Lo cuentan en todas las radios, en todos los canales, en los diarios y en las redes. En la web. Pero no. La verdad es que Boca volvió a perder con Atlético Mineiro. No sólo no le ganó los dos partidos, como repitió hasta el cansancio Juan Román Riquelme -en referencia a la estafa que fue esa serie-, sino que sigue perdiendo una y otra vez. En una misma noche, fue eliminado de la Copa 2021 y quedó malherido para la del 2022.

Por aquella noche de locura, Boca no tiene hoy a su mejor jugador (Sebastián Villa), tampoco a quien debería ser el capo de la defensa incluso en medio de su bajón (Marcos Rojo), ni a Carlos Izquierdoz (igual la lesión le habría impedido estar), ni a Diego Pulpo González ni a Cristian Pavón (fuera de la consideración). El resto es esa cadena de maldiciones que el sabio Carlos Bianchi definía con palabras sencillas: una derrota llama a otra derrota. Sobre lo llovido de las suspensiones, lo mojado de las lesiones: a la ya mencionada del capitán Izquierdoz se sumaron las de Jorge Figal y Gastón Ávila (dos que llegaron justamente a reforzar esos puestos flojos), la de Agustín Rossi… Y entonces Boca, que ya sabía que iba a jugar disminuido, terminó presentando una formación inimaginable que no estuvo a la altura de la exigencia. No porque Corinthians sea gran cosa, sino por la pobreza de las fuerzas propias. Y los brasileños, aun cuando se les reproche fuertemente el funcionamiento, siguen siendo brasileños. Y la jerarquía individual de Willian, de Maycon, de Renato Augusto y hasta de Paulinho (un fantasma de aquella Libertadores 2012) se siente.

Se siente sobre todo si la defensa está compuesta por un pibe que está arrancando (Gabriel Aranda) y un hombre de experiencia que recién vuelve de una lesión como Carlos Zambrano, que ni siquiera sano es una garantía; con dos laterales que se destacan más por ir que por volver, mucho más entusiastas para lanzarse a la aventura que concentrados para una marca ajustada, firme. ¿Cuánto más se podía esperar? Esa defensa insólita es, para colmo, parte de un equipo que no funciona. La postura del segundo tiempo generó la ilusión óptica de que algo andaba mejor, pero Boca nunca estuvo cerca del empate. Y ese Corinthians agazapado estaba esperando exactamente lo que ocurrió: una contra en la que su calidad hiciera la diferencia definitiva.

Se hace difícil entender por qué los rivales de Boca juegan con tanta facilidad, con tanta soltura. El equipo no aprieta la salida, no zapatea en el medio y tampoco encima en defensa. La libertad con la que Corinthians pudo tirar el centro para el 1-0, la que tuvo Renato Augusto para pegarle al arco (apenas arriba) es incomprensible. El mediocampo, el punto más flojo durante todo el año, no marca ni genera juego. No es que Boca queda mal parado porque va como loco al frente y no sabe volver: está siempre mal parado. Desbordado. Superado. Falta energía para la presión. Sobra liviandad. Faltan pases e ideas, velocidad, triangulaciones, juego. Todos llegan tarde a la primera y a la segunda pelota, y a la tercera y a la cuarta. Podría justificarse en que son jugadores de buen pie -realmente lo son-, aunque en ese caso debería notarse en ataque. El tema es que no pisan las áreas, ninguna de las dos. Óscar Romero es un buen ejemplo: parece alérgico a la fricción, a la zona de fuego. Pero no es él solo, es un problema general. No se apiñan para avanzar ni para retroceder en bloque, y hay agujeros por todas partes.

Nadie puede declararse sorprendido por lo que pasó. Si Boca tuvo problemas con equipos tan limitados como Arsenal, Huracán o Godoy Cruz, era esperable que le pasara esto con Corinthians: el triunfo sobre Central Córdoba no debe confundir precisamente porque el rival era Central Córdoba (y la figura fue Javier García). Y la realidad marca que la clasificación está complicada. Amén de lo que hagan los demás, por lo que no hace Boca. Acaso la imagen de ese Darío Benedetto sacado, tirando patadas, sea una representación perfecta de lo que es el equipo hoy. Descontrolado, estuvo ahí de que le sacaran la roja (quién sabe por qué lo perdonaron). Y Boca también quedó balanceándose peligrosamente sobre el abismo de una eliminación. Porque juega mal o porque no sabe a qué juega. ¿Sebastián Battaglia? Quién sabe. Si había ganado una vida en Santiago, en San Pablo la perdió. Sigue en el purgatorio del partido a partido. Que en realidad es un verdadero infierno.

Fuente: TyC