De Patricia Bullrich a Oscar Aguad: cómo ocultar ministros en problemas

De Patricia Bullrich a Oscar Aguad: cómo ocultar ministros en problemas
La desaparición del submarino ARA San Juan evidenció un férreo control de qué se dice y quién lo dice con el objetivo de evitar cometer errores. La trastienda de la conferencia de prensa de Macri

Esa agenda, hoy, está invisibilizada. Que Cambiemos es una primera minoría con un manejo potente de los recursos reales y simbólicos de la gestión ya no lo discute nadie. Cada actor económico o político sabe que en la Casa Rosada hay un líder que no le teme al ejercicio del poder y que, lejos de conformarse con gobernar en cinco provincias, va por más, también por la reelección en el 2019. Tanto es así que, en los corrillos de la política, se instaló la discusión en torno a su heredero (o heredera).

Pero la realidad siempre es más rica que los planes y lo excepcional se presenta en toda su magnitud, de un modo que se hace imposible ignorarlo. Es lo que los estructuralistas franceses conceptualizan como el «acontecimiento», un hecho impredecible que marca una ruptura, un antes y después, un suceso de un nivel intermedio entre la coyuntura y la larga duración histórica, algo contingente que puede alterar para siempre el devenir esperado en un momento dado, que es imposible de ver antes de su irrupción.

Rosendo Fraga sintetiza magníficamente algo que denomina «lo inesperado en política», un concepto sobre el que suele alertar en forma insistente en sus ponencias, propias de un analista experimentado y con visión histórica. Para que eso «inesperado» se convierta en «acontecimiento», el suceso tiene que pasar por el filtro de la historia, reconfigurar el futuro, construir un sendero no previsto en el presente.

En medio de la campaña, a días de la primera vuelta que fue el 13 de agosto, desapareció Santiago Maldonado. Desde el primer día, el Gobierno siguió el caso con especial preocupación, analizando las repercusiones de los medios. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, suele recordar que durante quince días ningún periodista le había preguntado del caso, salvo un cronista de la agencia Télam, y en off.

A los responsables de la comunicación oficial les preocupaba la convicción con la que los medios K definían la situación de Maldonado como «desaparición forzada, seguida de muerte». No terminaban de entender todo el escenario, pero les quedaba claro que había un intento de politizar el caso y de llevar agua para el molino de la candidata a senadora Cristina Kirchner.

Eran tiempos complejos. En plena campaña, Patricia Bullrich se negaba a tomar la medida «preventiva» de separar a los gendarmes que participaron del operativo y el Presidente le sostenía en su posición, para disgusto de buena parte del Gabinete, incluso de funcionarios de la Provincia de Buenos Aires, que no entendían cuál era la razón de arriesgar todo, por tan poco: la empatía que el Gobierno había construido con las fuerzas de seguridad, después de años de demonización. Para colmo, la Ministro insistía en hablar e ir a defenderse a programas de alto rating, a explicar por qué y cómo, mientras recibía el ataque persistente de la opinión pública filoK, que no escatimó altas dosis de bullying contra la funcionaria.

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