Los políticos y el apagón de la confianza

Somos contemporáneos de una época en que élites y sociedad no se relacionan con vínculos duraderos. En la Argentina, tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández fueron tremendos destructores de confianza política.

En 2001, viviendo en Río de Janeiro, me tocó ser testigo de un episodio brasileño angustiante: la crisis del Apagão (Apagón). Debido a problemas de coordinación en una etapa de transición de modelos de generación de energía, se colocó abruptamente la perspectiva, para todo el país, de una agudísima baja de la oferta energética.

Un informe llevado a cabo por especialistas independientes sugiere que hubo un poco de todo: negligencias, incompetencia burocrática, mala gestión empresarial, autoengaño, pero ningún acto delictivo. Pero ¿qué ocurrió cuando la crisis era inevitable e inminente? ¿Qué hacer? Simplificando, el equipo de gobierno se dividió en tres. Estaban los que no tenían una posición formada, los partidarios de una respuesta draconiana y los que no aprobaban semejante respuesta.

El expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso (Imagen REUTERS/Carla Carniel),
El expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso (Imagen REUTERS/Carla Carniel),Por: REUTERS

Básicamente, los draconianos proponían una política racional de aplicación de arriba para abajo de cortes, esto es, horas diarias sin energía eléctrica para la industria, el comercio, los hogares, etc., etc. Calculaban que una reducción total del 20% (¡¡¡nada menos!!!) sería indispensable, y tal vez suficiente, para sobrellevar la crisis (hasta que el agua retornara a los grandes reservorios). La línea blanda, ¿qué proponía hacer? Bueno, observaré primero que el presidente, Fernando Henrique Cardoso, encabezaba este grupo y tenía la última palabra.

Y tomó riesgos. Apostó a un “racionamiento voluntario”, esto es, que el ahorro total de energía no fuera más que la sumatoria de los ahorros que por libre decisión efectuaran los usuarios brasileños. Desde luego, FHC no esperaba que el gobierno, o los medios de comunicación, se quedaran de brazos cruzados; contaba con que dieran la batalla de opinión. Pero la decisión, en última instancia, descansaría en cada ciudadano brasileño.

Tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández fueron tremendos destructores de confianza política.

Algunos de ustedes lo saben: soy politólogo. Tengo algún roce con teoría de los juegos, disciplina que nace de una paradoja: cómo es que, frecuentemente, la conducta racional de todos los participantes de una interacción dada, puede conducir a un resultado irracional. Pensé: lástima, pero esto no va a andar. No estamos en Dinamarca (pongamos) sino en Brasil, ningún usuario confiará en que los demás disminuyan el consumo de energía; por tanto su comportamiento racional es no hacer caso al gobierno y anticiparse a los otros, gastando más, no menos. Caso contrario, pasaría por babaca (boludo), el babaca que por tener buena fe perdió.

Me equivoqué. Afortunadamente. El racionamiento voluntario fue efectivo y aunque el cimbronazo se sintió, no hubo cortes. Hubo un coordinador de la acción colectiva, bien que secundado por muchos otros y por los medios. Fue el propio presidente. Que consiguió que los brasileños confiaran en él. La gente no especuló, no actuó racionalmente, no se preguntó por la necesidad de anticiparse a las acciones más previsibles de los otros. Simplemente confió y ajustó su conducta a lo que desde el firmamento del Planalto se esperaba de ella. Y salió todo bien. ¿Por qué? Porque FHC contaba con un activo político valioso, y lo empleó a fondo: la confianza. No fue sino la confianza en el presidente la que indujo a los brasileños a calificar su ajuste temporario de solidario.

La confianza, un bien frágil

Quizás no lo sea tanto en las relaciones interpersonales, pero en los mundos colectivos, es mucho más difícil de construir que de destruir. O de reconstruir. Y somos contemporáneos de una época en que la relación entre las élites y la sociedad, entre políticos y electores, entre representantes y representados, etc., no está marcada por confianzas duraderas. Todo lo contrario. Con algunas excepciones, casi todas autoritarias, como es el caso de China.

Protestas contra el presidente Jair Bolsonaro en Brasilia (imagen EFE/ Joedson Alves),
Protestas contra el presidente Jair Bolsonaro en Brasilia (imagen EFE/ Joedson Alves),Por: EFE Servicios

Para comprobar la fragilidad de la confianza política, no hace falta salir de Brasil: luego de la tercera gestión del PT con Dilma Rousseff a la cabeza, un autoritario antiinstitucional y mesiánico como Bolsonaro triunfó categóricamente y fue ungido presidente. Había llegado la hora de la vindicación de todos aquellos que estaban en contra de las ofensivas proderechos (feministas, raciales, LGBT, abortistas, etc.), que ya hacía tiempo venían “soportando”.

La confianza política es hoy por hoy un capital que se ha evaporado.

La clase política “tradicional” brasileña, presentaba convocatoria de acreedores. Probablemente regrese por sus fueros, aunque sin haber pagado sus deudas. Pero no fue necesariamente la “polarización” la que impidió que Bolsonaro consolidara lazos de confianza. Fue él mismo, la imprevisibilidad, el imperio del capricho, la arbitrariedad por encima de cualquier argumentación, el juego sucio (como fue el caso en la Justicia con Sérgio Moro).

El caso argentino

¿Se imagina el lector qué hubiera pasado si, con un panorama como ese –un presidente vesánico y una clase política jaqueada por el descrédito público–, se hubiera presentado en el horizonte una crisis energética como la que amenazó a Brasil en 2001? De cualquier modo, podemos cruzar la frontera, y regresar a la Argentina.

Alberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Kirchner junto a Sergio Massa en el último traspaso presidencial (Foto: NA - Hugo Villalobos).
Alberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Kirchner junto a Sergio Massa en el último traspaso presidencial (Foto: NA – Hugo Villalobos).

Escribo estas líneas al tiempo de enterarme de la renuncia de medio gabinete nacional. En verdad, la confianza política es hoy por hoy un capital que se ha evaporado. No existe ni vertical ni horizontalmente. Si tomamos en cuenta los gobiernos más recientes, el de Macri prometió (santa ingenuidad) lo que no podía cumplir, y el de Fernández no prometió nada en realidad, así que mal pudo incumplir algo.

Se trató de inconsistencias distintas pero en ambos casos fueron tremendos destructores de confianza política. Parece indiscutible que Cristina Fernández –aunque no sea, en lo más mínimo, santa de mi devoción– tenía un capital de confianza apreciable a comienzos del actual gobierno. Creo que lo ha dilapidado. Quizás la pandemia sea un equivalente a la crisis energética de Brasil pero, ¿qué tuvimos frente a ella? Coerción abusiva, arbitrariedad, exhibición de privilegios, banalización de la ley.

Pero sin confianza no hay política democrática eficaz y eficiente. ¿Cómo vamos a hacer para construirla? Por de pronto, podríamos exigir a los políticos, fogueados o bisoños, que no nos tomen por tontos. Cosa que ocurre sistemáticamente. Por ejemplo, decir que se saldrá de la crisis sin dolor, mediante el ajuste sobre la casta política, que debería hacer el actual presidente como último servicio a la patria, es tomarnos a todos por idiotas, por cándidos capaces de comprar buzones.

(*) Vicente Palermo es politólogo y ensayista argentino, fundador del Club Político Argentino y ganador del Premio Nacional de Cultura en 2012, en 2019 y del Premio Konex de Platino en 2016.

Fuente: TN

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