La tragedia de Los Andes: «Piensan que nos salvamos porque nos comimos a los muertos»

Roberto Canessa revivió con lujo de detalles cada momento de esa dramática experiencia, que tuvo en vilo al mundo en 1972. Las comunicaciones telepáticas con su madre, por qué se salvó de la muerte y por qué el arriero continúa hasta hoy inspirando su vida y su carrera como médico

13 de octubre de 1972. Un grupo de rugbiers uruguayos sube a un avión de la Fuerza Aérea de su país, para jugar un partido en Chile. Para la mayoría, será el último vuelo de su vida. Para el resto, será el inicio de una pesadilla de 72 días en un permanente diálogo en primera persona con la muerte. Encontrar sobrevivientes a esa altura de las montañas, en medio de nieves perpetuas, sin alimentos y soportando temperaturas de más de -20 grados era impensado. Y, justamente por eso, las autoridades uruguayas suspendieron la búsqueda de los sobrevivientes, entre quienes se encontraba Roberto Canessa, con apenas 19 años y muchas ganas de vivir.

Junto a Fernando «Nando» Parrado, emprendieron durante días la más tenebrosa caminata en medio de la nada, que terminó devolviéndoles la vida a ellos y a sus compañeros. Un arriero chileno alcanzó a verlos y, separados por un río y ya sin fuerzas, le tiraron un papel envuelto en una piedra pidiendo que los rescaten. El hombre no sabía leer pero entendió de qué se trataba y viajó horas en busca de ayuda, aunque nadie le creía.

Canessa, cuando era estudiante

Canessa, cuando era estudiante

El arriero le salvó la vida a los sobrevivientes y hoy Roberto Canessa -un prestigioso cardiólogo infantil uruguayo de reconocimiento y prestigio internacional- busca devolver el favor de ese hombre en cada persona que llega a él con sus hijos enfermos.

En esta ocasión, Roberto Canessa llegó a nuestro país invitado para la conferencia inaugural del Congreso Argentino de Diagnóstico por Imágenes (CADI), de la mano del presidente de la Sociedad Argentina de Radiología, Juan Mazzuco, y de su vicepresidente, Daniel Mysler. Apasionado por la medicina, se hizo un tiempo en su apretada agenda, en la que también incluye las charlas motivacionales que da por el mundo y donde cuenta cómo superó el drama que le tocó vivir en la tragedia que asombró al mundo y que se hizo conocida como «el Milagro de los Andes».

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-¿Qué lo trae por nuestro país?

A mí me trae la medicina argentina desde la época de (René) Favaloro, que era muy amigo de mi papá y venía a ver cardiología pediátrica. Para nosotros, venir a Buenos Aires es como venir a la ciudad. La gente de CADI me invitó y pasamos de aquella época -en que era maravilloso que te pusieran una válvula cardíaca en el corazón- a que ahora te la pongan por un cateterismo. Eso es gracias a la radiología, a la resonancia magnética, a la tomografía computada… Yo vengo a la ciencia: a mí no me des Cancún, a mí dame medicina y amigos. Si me querés matar, mandame a un all inclusive y me voy a sentir horrible. A mí me gusta la ciencia y encontrarme con amigos.

-En su libro «Tenía que sobrevivir: cómo el accidente en los Andes inspiró mi vocación para salvar vidas» cuenta que esa tragedia lo tomó por sorpresa cuando cursaba segundo año de medicina.

Tuve ese accidente y, cuando salí, mis compañeros de la facultad de medicina me dijeron si quería volver a estudiar: tenía que elegir entre ser famoso o hacer medicina. Y yo, quise salir de los Andes para volver a mi vida, no para ser famoso. Eso vino como un plus. El libro relata toda la peripecia de la Cordillera, la caminata de 10 días con Nando (Fernando Parrado), que fue terrible.

Llegas a la mitad del libro y salís de los Andes. Y la gente dice: «Pero ¿cómo? Y el resto ¿qué es?» El resto es mi trabajo de arriero: ahora, al trabajar de médico, ayudo a que otros se salven; a estar con esos padres que me dicen: «¡qué mejor doctor que vos que sabes lo que es estar muerto?». Por eso, creo que el libro tiene una gran función y lo comparto con mis colegas que se sienten identificados. Dice cosas que, a veces, los médicos no nos animamos a decir: por ejemplo, que queremos mucho a nuestros pacientes, que nos duele muchísimo cuando nos sale mal y que sentimos que contribuimos a la sociedad desde nuestras posibilidades.

Canessa tras 72 días en los Andes

Canessa tras 72 días en los Andes

-Como cardiólogo infantil y después de haber estado cara a cara con la muerte, ¿cómo se habla con los padres de un chico en estado grave?

Es lo mismo que en la montaña: cuando fue el accidente y estaban todos mis amigos heridos, pensamos en las posibilidades de sobrevivir. Creo que no hay que hablar de porcentajes sino de si tenés posibilidades o no. Y esos niños tienen posibilidades de sobrevivir, aunque les falte la mitad del corazón. Después, la gratificación es brutal porque una madre, por ejemplo, me dice: «Roberto, por suerte este tiene la mitad del corazón porque si lo tuviera todo nos mata a todos juntos, porque no para en todo el día» (risas). Entonces, lo tomo desde las posibilidades que tenés y desde cómo ayudarlos. Los padres también me dicen: «Roberto, ese día que me dijiste que tenía la mitad del corazón se me cayó el avión».

-¿Cómo maneja como médico la muerte de un paciente?

Y…desde la Cordillera. No te olvides que éramos 45 y salimos 16. La muerte está constantemente en la medicina. Yo pienso que son pacientes que les robamos a la muerte: si los dejás se van a morir. Si los ayudás, se pueden llegar a salvar. O sea, son pacientes que se los robás a la muerte y haces que puedan vivir. Es bastante atrevido de nuestra parte pero viene por ahí: la muerte tiene que estar presente… sabemos que está. A veces, veo un chiquito que está sangrando, sufriendo…y cuando muere siento paz. Siento que no sufre más, no lo pinchan más… Tenemos que entender a la muerte de otra manera, y también, aceptarla de otra manera porque si no vamos a ser siempre muy desgraciados.

-Aceptar la muerte de un adulto se toma de un modo más natural, pero la muerte de un chico… ¿qué siente cuando llega ese momento?

Una frustración espantosa: darte cuenta de todas las cosas que hiciste mal y tendrías que haber hecho diferente. Con el diario del lunes es muy sencillo… Siento casi lo mismo que cuando llegué a Chile, después de caminar 11 días, y me di cuenta que a 3 días tenía a la Argentina. Creo que no importa que te equivoques, lo que importa es que no dejes de ser honesto: de no trabajar desde el corazón, de no decir la verdad, de no dejar de hacer todo lo mejor posible.

Yo creo que por ahí va mucho la relación con los pacientes. Y también, saber que en la mayoría de los casos se mueren de las enfermedades: no se mueren por el médico, ni porque la madre se asustó o porque tuvo un problema. Son historias naturales, no somos perfectos… Y que sean un poco compasivos con los médicos, que los quieran, que los entiendan. Que sepan que al médico también le duele la barriga, también lo tratan mal los hijos y se pelea con la señora. Tenemos que tener un mundo mucho más humano y salvar todas estas distancias legales, que ahora el médico tiene que tener un montón de seguros para que no lo demanden y el paciente exige… No… esto es mano a mano, esto es familia. Esto es como el fútbol: si no le pones corazón y garra, no funciona.

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Los médicos no nos olvidamos nunca de los errores que cometimos. A veces me dicen: «Vos Canessa, ¿no te sentís héroe?» Pero ¿qué héroe me voy a sentir si la vez pasada me comí dos venas pulmonares que estaban cerradas, (el paciente) se fue a operar a los Estados Unidos y tuvieron que operarlo una vez más? ¡Le encajé una operación más! ¿Qué héroe me voy a sentir? Claro que también se están las buenas: mandé a uno para que le pusieran día ventrículos, me dijeron que servía para uno solo y cuando el cirujano abre dice: «Oh! ¡hay dos ventrículos!».

Eso es lo lindo de la vida: vivirla con un sentido fresco, con un sentido desde el llano que hace que se logren los resultados y que se logren en equipo. Los equipos se componen de gente que contribuye en su totalidad desde su mismo nivel y humildad. No se componen de los Messi, se componen de los que corren. Los Messi son necesarios.

-Antes de sumergirnos en la tragedia de los Andes, quiero preguntarle ¿en qué le cambió la vida esa experiencia?

Nosotros llegamos a un arriero, que no habíamos visto nunca en la vida. Ese arriero no sale de la montaña ni para su cumpleaños, porque es cuando paren las terneras. Y, si los pumas le comen a los terneros, le comen al nieto de la vaca que crió de ternera. Y este tipo se va 3 horas a caballo para ayudar a personas que nunca vio. 4 horas en un camión de vialidad y, cuando llega la policía chilena y llaman a Santiago, le dicen: «Ese hombre está borracho: ahí no hay ningún sobreviviente».

Por suerte, el arriero tenía una carta. Entonces, yo me pregunto ¿cuántos de nosotros somos capaces de ayudar a un tipo que nunca vimos en todas esas cosas? Esta experiencia me cambió en que, viene un tipo de campo con un chiquito a ver al gran doctor Canessa, y puede ser el hijo del arriero. Es mi oportunidad para devolver a lo más abajo, a lo más intenso, a los hombres más humildes…Te programa en ese sentido: devolver el favor al arriero.

-Ahora sí, quiero llevarlo a ese 13 de octubre de 1972, cuando empezó a subir la escalera del avión y abordó el vuelo de la tragedia sin jamás imaginar lo que estaba apunto de vivir. ¿Tuvo algún presentimiento?

Subimos y cuando entramos uno dijo: «Che loco, ¡hoy es martes 13! ¿O el día de mala suerte es el viernes 13? ¿Es el martes o el viernes?». Y otro contestó: «Y, vamos a averiguar»

Roberto Canessa es un prestigioso cardiólogo infantil de renombre internacional

Roberto Canessa es un prestigioso cardiólogo infantil de renombre internacional

-¿En serio decían eso?

Sí, sí, sí! Una onda terrible: empezamos a agarrar posos de aire y empezaron a jorobar, a decir que íbamos a bajar en la Cordillera a los que habían pagado la mitad del pasaje. Una señora me dijo: «Roberto, calláte la boca! ¡No seas tarado que a mí los aviones no me gustan nada y dejé a los chicos en casa!». Y de repente, uno mira por la ventana y dice: «Loco, ¡mirá la Cordillera!». Otro le contesta: «No seas boludo, te parece que está cerca pero está lejos». Y en ese momento, los motores se chantan a fondo, (después hubo) un silencio bárbaro y pega… ¡Me quería morir, Dios! ¡Acabo de chocar contra la Cordillera, me voy a morir! Sentí que me moría en ese momento.

-¿Quién viajaba al lado suyo?

Daniel Maspons, que no se hizo absolutamente nada. El avión pierde las alas, se empieza a deslizar a una velocidad terrible por la ladera de una montaña, se clava en el valle, se arrancan todos los asientos, me tira con una fuerza increíble contra una mampara… Ya me desmayaba y dije: «¡Paró!, ¡me salvé!» ¡No lo podía creer! ¡Chocás contra la Cordillera y estás vivo!. Y convencido de que había zafado, de que iban a venir las ambulancias, los bomberos, todos! ¡Salgo y estaba en el medio de la Cordillera de los Andes! No había ambulancia, no había bomberos, no había nadie, no había nada. «Bueno, pero nos vendrán a buscar. Habrá que esperar un poco. Organicémonos», decíamos.

Al tercer día pasó un avión, ahí nos abrazamos y lloramos a los muertos. El avión se acomodó pero no nos había visto. Nos comimos toda la comida que quedaba pero no nos habían visto. Y en la radio escuchamos que se suspende la búsqueda. ¿Sabes lo que es que te decreten muerto así y que te digan «vos no vivís más»? «Le quiero informar que la señorita tal falleció» «No, estoy acá! ¡No me dejen, vengan a buscarme!» Y ahí aprendí a arreglarme solo y a no quejarme.

-¿Qué pensó cuando escuchó que suspendían la búsqueda?

Fue una sensación como que pasa el tren de la vida y ves el último vagón que pasa… se va y te dejó. Pasó, te perdiste el último tren. Un sensación de esas. Evidentemente los seres humanos somos muy diversos. Yo tuve esa sensación pero otros amigos dijeron que era una buena noticia, porque íbamos a salir por nosotros mismos. Otros, decían que era terrible y que no íbamos a poder salir.

Roberto Canessa fue invitado para la conferencia inaugural del Congreso Argentino de Diagnóstico por Imágenes (CADI), de la mano del presidente de la Sociedad Argentina de Radiología, Juan Mazzuco, (derecha) y de su vicepresidente, Daniel Mysler (izquierda). En el centro, Luis Fajre, presidente de la Federación Argentina de Radiología

Roberto Canessa fue invitado para la conferencia inaugural del Congreso Argentino de Diagnóstico por Imágenes (CADI), de la mano del presidente de la Sociedad Argentina de Radiología, Juan Mazzuco, (derecha) y de su vicepresidente, Daniel Mysler (izquierda). En el centro, Luis Fajre, presidente de la Federación Argentina de Radiología

-En ese momento, ¿pensó en la muerte?

No, en ese momento no. Pensé que iba ser más largo y más complicado. Se creó toda una filosofía ahí adentro «mientras hay vida, hay esperanza» y «tal vez mañana». Porque estabas rodeado de todos tus amigos muertos pero si pasaba un helicóptero te sacaba vivo. Y capaz que mañana. Hoy me estoy muriendo, pero capaz que mañana salgo de acá.

Eso es lo bueno de esta historia, que le pasó a personas comunes y corrientes, no son personas especiales. Por eso, creo que tiene que haber un valor porque le puede pasar a cualquiera.

-¿Cuándo dijo: «no peleo más, hasta acá llegué»?

Cuando me tapó el alud. Trataba de hacer fuerza para salir, no podía respirar, me ahogaba… me estoy muriendo… no es tan grave morirse. Pensé que era peor. Eso estuvo bueno, porque ahí medio que le perdí el miedo a la muerte. Cuando perdés el miedo a la muerte, a la vida la miras diferente.

Ayer hablábamos con Pedro Algorta (otro de los sobrevivientes de la tragedia) en un programa de televisión y me decía que su miedo era morirse. En cambio, yo tenía miedo que se muriera mi madre porque ella me había dicho que, si se le moría un hijo, se iba a morir de tristeza. O sea que, hablás con los sobrevivientes y hay razones diferentes. A mí no me importaba morirme, me importaba fracasarle a ella, decepcionarla.

-¿Es verdad que sentía que se comunicaba por telepatía con su madre y que ella estaba tranquila porque sentía que estaba vivo?

¡Sí! La iban a visitar las otras viejas para darle el pésame y ella les decía «Andáte de acá! Roberto está vivo! Acá no vengas nunca más a darme el pésame porque él va a volver». Y las mujeres decían: «Está loca! Dice que el hijo está vivo!» Cuando mi mamá me vio me dijo «Ya estás en casa, ya volviste, yo sabía que ibas a volver». Una paz tenía… Y le dije: «Mamá, fue horrible. Nos tuvimos que comer a los muertos». Me dijo: «¿Qué importa eso?». Después, vino mi papá de noche y le dije: «Papá, ¿sabés que nos tuvimos que comer a los muertos? Y me dijo: «Ay! ¿Qué horrible! ¡Lo que va a decir la gente! ¡Qué espantoso!» Y yo le decía: «Pero papá, ¡vos me tenes que ayudar!» Al final, ¡yo lo consolaba a él! (risas) Claro, papá es muy formal, un profesor de cardiología… muy clásico y mamá es mucho más salvaje.

El día del rescate

El día del rescate

-Tomaron gomina y agua de colonia, comieron crema Pond’s… agotaron todo lo que podían comer hasta que tuvieron que tomar una decisión terrible

¡Todo! Carlitos Páez se hacía unas mezclas con un remedio de la época y se hacía batidos. Javier Methol hablaba de los líquenes, una vegetación muy chiquita que hay en la tierra. Comimos eso pero no servía para nada, no tenía ninguna polenta… Y bueno, ahí fue cuando alguien dijo «me parece que nos tenemos que comer a los muertos».

-¿Quién lo dijo?

Yo creo que fue Carlitos (Páez) que lo dijo con Nando (Fernando Parrado) para ver qué pasaba. Y yo dije: «Sí, bueno. Proteínas, grasa… todo eso tenemos. Y los amigos ya no están, así que como combustible sirve». Es horrible, es asqueroso, no te educaron para eso pero el hombre se acostumbra a todo. Ya después, comíamos como si fuera de todo los días. Eso no fue lo peor de los Andes. Claro, de afuera la gente no puede entender. Por eso, yo creo que los maravilla tanto la historia, porque está lo que sentíamos nosotros y está lo que la gente piensa de afuera que sentíamos.

Piensan que nos salvamos porque nos comimos a los muertos.. ¡Nos salvamos porque salimos caminando, porque tuvimos una suerte increíble, porque Dios nos dio una mano, porque éramos un equipo, porque hicimos las cosas que los hombres hacen cuando les va bien! Eso es lo que yo quiero transmitir: la fuerza en hacer las cosas en grupo, en trabajar juntos, en dejar afuera los egos y las vanidades, porque te transformas en un grupo insuperable como fuimos nosotros. Ahora ya no lo somos más, ahora somos viejos charlatanes (risas)

-Lo escuché decir varias veces que lo peor no fue haber comido carne humana, sino no saber adónde estaba y que hasta le tenía envidia a los muertos.

Sí, no sabía que el ser humano podía sentir eso. Aprendí cosas de los seres humanos que no sabía que existían. Pero cuando salí del alud y teníamos todo mojado, congelado, hacía un frío bárbaro, pasaron tres aludes más, no sabíamos si teníamos oxígeno, habíamos escuchado que se había suspendido la búsqueda, y vos miras a un muerto y decís «Se terminó para vos. ¿Qué voy a hacer yo? ¿Una agonía más larga? ¡Voy a demorar más en morirme porque otra cosa no puedo esperar!» Y es que, estábamos enterrados vivos, suspendían la búsqueda, aludes por todos lados… ¿tengo que sufrir más tiempo?, ¡qué buen negocio es morirse! Pero después dije, ¿y si no me muero? ¿Y si sigo? ¿Qué va a pasar acá? Me vino una curiosidad tozuda de seguir a ver qué pasa. Al otro día, Carlitos empezó a hablar del cumpleaños de la hermana, que iba a hacer un asado con chorizos y morcillas. Y le dije: «Carlitos, ¡dejáte de joder con tu hermana!» Me respondió: «¡A vos no te invito!» (risas).

-¿O sea, que nunca perdieron el humor?

¡Nunca, nunca, nunca! Era una cosa que se mantenía y que le aconsejo a todo el mundo: que en los peores momentos el humor te salva de una manera increíble. Reírte de tu desgracia es una herramienta poderosa.

Roberto Canessa con Infobae (Martín Rosenzveig)

Roberto Canessa con Infobae (Martín Rosenzveig)

-¿Ahora le teme a la muerte?

Hace dos años, por un avión, hice un tromboembolismo: se me fueron dos coágulos al pulmón. Hice en un viaje en un avión, me mandé una pastilla y quedé once horas con las piernas flexionadas. Ese día me tendría que haber muerto, o sea que, de ahora en más es todo regalado y solo voy a hacer las cosas que siento que me faltan hacer en la vida.

-¿O sea, que otra vez tuvo problemas al subir a un avión? Después de todo lo que le pasó, no les tiene pánico?

La gente dice que si en ese avión viajo yo, seguro no se cae (risas). Si no, cuando alguien se asusta, le digo: «¡No se asuste, señora! los aviones no se caen» (risas) Me encanta la aventura del hombre que es capaz de desafiar a los cielos.

-Después de haber pasado por la tragedia de los Andes, ¿qué le dice a la gente que se preocupa por cualquier cosa sin importancia?

Les digo hay que ser mucho más agradecido. ¡Andá a un hospital a ver a uno que se está muriendo de cáncer, todo infectado y lleno de cosas, y mirá vos lo que tenés! ¿Qué te pasa, flaco? ¿Te falta la pasta de dientes? ¡No te quejes más! Vivimos en países privilegiados. Andá a ver qué pasa en África, que los matan apilados. Tenemos que ser más machos, más agradecidos, más orgullosos de lo que tenemos. Hay que apretar todo lo que podamos a los políticos, pero basta de quejarnos.

Quejándote no ganas nada, tenés que arreglarte con lo que tenés y donde estás, y disfrutar. Andá a visitar a esa tía vieja que decís que la querés tanto y que te mimaba cuando eras chico. ¿Qué te pasa que no vas a verla, vas a esperar a que se muera y darte cuenta que estuviste mal?.

Las cosas son mucho más sencillas de lo que uno cree. Lo sencillo y lo máximo de la tecnología: entre esas dos cosas. Lo del medio -como las marcas, el auto y todos esos envases que nos ponemos, que después vas al espejo y sos el mismo choto de siempre- hay que sacarlo. Lo importante es lo básico y lo más sofisticado de todo: lo más lindo, lo más inteligente, lo más artístico, lo más musical… Andá a la ópera, emocionáte y llorá pero salí de esa fase gris que tenemos y por la que decimos «este aire acondicionado es una cagada, todo está mal». Salí de noche cuando hace frío, mirá las estrellas y… me hace acordar a la montaña. Y digo: «¡estoy vivo!».

Fuente: Infobae

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